El sexenio se caracterizo por grandes obras de irrigación y por una inversión publica muy elevada en el sector agropecuario. Las inversiones en obras de irrigación favorecieron a los empresarios agrícolas de las regiones noroeste y noreste del país.
Muchas de las nuevas tierras irrigadas se entregaron a funcionarios y políticos citadinos, alejados de las labores rurales, a los que se les conoció como “agricultores nylon”, y que, incluso, empleaban la tierra para especular. El crédito oficial se oriento a favorecerá a los propietarios privados dejando de lado a los ejidatarios que encontraron grandes dificultades para financiar su producción viéndose obligados a recurrir a los usureros y acaparadores.
El empleo de semillas mejoradas y de todo el paquete tecnológico de la revolución verde contribuyeron a dinamizar la agricultura.
La ganadería se vio afectada por la epidemia de la fiebre aftosa, que aprecio en Veracruz en 1946. Presionado por el gobierno de Estados Unidos, el régimen de Alemán decidió sacrificar a todos los animales, en el centro y sur del país.
Los cambios al articulo 27 Constitucional provocaron descontento entre el campesinado, pero este no se materializo en una forma eficaz de actuación debido al control ejercido por la CNC. En Morelos continuo la lucha encabezada por Rubén Jaramillo, ahora contra los funcionarios del ingenio de Zacates. Después de pedir inútilmente su destitución, ante las reformas antiagraristas a la Constitución y la política de liquidar el ganado de los campesinos para combatir la fiebre aftosa, Jaramillo regreso nuevamente a la lucha guerrillera en 1948.




